La cobardía en el infinito
o ¿por qué la ficción no termina de dar con la tecla?

Este post contiene spoilers del k-drama Hasta que el cielo nos reúna, de la serie The Good Place, de un fanfic racionalista, de un chiste suelto de Nadie sabe nada y de una experiencia propia.
―¿Has oído hablar de las valquirias? ―me dice un amigo.
Estamos en un pueblo. No recuerdo ya dónde ni cuándo, apenas para qué estamos allí, pero sí mantengo viva en mi mente la conversación.
―Son las que llevan al Valhalla a los guerreros ―asiento.
―¿Y no crees que no es tan buena recompensa?
Me paro a pensar. Siempre he creído que la vida en sí misma es una recompensa más que meritoria, pero me lo planteo seriamente.
―Parece agradable: los guerreros que mueren van allí y tienen fiestas, comida y bebida por toda la eternidad ―digo, tras ponerme en la piel de esas personas.
―Sí, pero… ―mi amigo reflexiona―. ¿No se te haría aburrido? Obviamente el primer día es agradable, y el segundo, y hasta las primeras semanas, pero ¿qué acabarías haciendo en un lugar así? Sin conflictos, haciendo toda la eternidad los mismo… ¿De verdad no crees que sería aburrido?

Y sí. Así planteado, claro que me parecería aburrido, horrible llegado el momento, más grave en sí que la no-existencia. Pero, y aquí está mi mayor problema, creo que la ficción ha hecho casi siempre un flaco favor a la representación de la eternidad, incluso cuando esta es apetecible.
Parte del problema será, seguramente, que la mente humana no está preparada para entender el infinito de una forma adecuada. Decía Berto Romero, cómico, que su padre le pidió un paquete de tabaco en su ataúd, y que él reflexionaba: «Vale, se muere y se fuma uno, pero ¿cómo se administra los siguientes? ¿Cuánto espera para fumarse el segundo?». Recuerdo escuchar esto en un podcast, en Salamanca ―sé la calle exacta, adónde iba y para qué: me marcó enormemente―, y que me hiciera gracia a la vez que me causaba una enorme desazón; un recurso limitado para usar en un tiempo ilimitado es, en sí, una tragedia. Volví a recordar esto mismo viendo la serie Hasta que el cielo nos reúna.
Esta serie trata de una señora que muere y va al cielo contra todo pronóstico ―soy consciente, luego hablo de The Good Place― y allí se plantea una existencia post mortem eterna, al menos al principio. La forma de imaginar esta existencia es, entre otras cosas, tremendamente capitalista ―gracias, Corea del Sur, así a nadie le sorprenderá―, hasta el punto de que hay comidas y lujos que hay que pagar. ¿La forma de hacerlo? Dependiendo de las buenas obras en vida, se pueden canjear puntos para recibirlos a cambio.

Creo que el problema es fácil de ver, pues es el mismo que antes: si he hecho 1000 buenas obras y canjeo una al año, después de 1000 años no tendré nada que canjear. Podría ser la persona más buena del mundo, pero nunca podría ser una persona infinitamente buena en un tiempo finito. Hacia el final de la serie se deja caer que la idea no es tener una vida finita y una muerte infinita en el cielo o el infierno, sino que esas experiencias sirven, a través del renacer, para “completar” a la persona… Si os lo preguntáis, no tiene mucho sentido en la trama que se plantea; lo cierto es que la serie parece más interesada en mostrar las interacciones entre una señora mayor y su marido ―que tiene aspecto joven.
Y sí, hay una cantidad importante de paralelismos con The Good Place, y es otra obra que, para mí, falla enormemente en mostrar una vida de ultratumba eterna. Recuerdo haber visto la serie en su momento y emocionarme. Es preciosa, divertida y moralmente interesantísima ―¿tendría que evitar la leche de almendras?―, pero el final es una espinita en mi forma de pensar que hace que no sea perfecta.
Supuestamente, el Sitio Bueno ―o el Sitio Malo, depende de lo buena gente que seamos― es el lugar donde pasar toda la eternidad, el premio por una buena vida… Pero para muchos de los personajes, una gran mayoría al final, no es suficiente: necesitan algo más. Esto hace que se cree una puerta para ir… ¿adónde? ¿A otra vida? ¿A un renacer? ¿A la verdadera muerte final? Nadie lo sabe, pero, poco a poco, la mayoría de personajes van atravesando esta puerta.

Esto hace que, al final, ese Sitio Bueno no sea más que otra versión de la vida: estamos aquí unos años ―mejor o peor― y luego pasa algo y ¿quién sabe qué hay después? Mi mente lucha continuamente entre considerar esto un giro interesante a un problema obvio y un truco sucio y cobarde para no enfrentarlo.
Y podría dejarlo ahí: un post cortito sobre por qué me suelen resultar insatisfactorias las tramas que tienen una vida después de la muerte. Pero quedaría muy pesimista y no aportaría tanto como me gustaría, así que voy a recurrir a un fanfic que me encantó en su momento ―y cuyo nombre completo evito citar para no dar más influencia a la autora tránsfoba por excelencia―, y pongo a continuación una traducción propia de una parte en la que se habla de esta eternidad, esta vez en vida, y cómo se podría enfrentar:
―¿Y qué harías tú con la eternidad, Harry?
Harry inspiró hondo.
―Conocer a toda la gente interesante del mundo, leer todos los libros buenos y entonces escribir uno mejor, celebrar el décimo cumpleaños de mi primer nieto en la Luna, celebrar el centésimo cumpleaños de mi primer tátara-tátara-tátaranieto en los anillos de Saturno, aprender las reglas más hondas y finales de la naturaleza, entender la naturaleza de la consciencia, saber por qué las cosas existen en primer lugar, visitar otras estrellas, descubrir alienígenas, crear alienígenas, reunirme con todos en una fiesta al otro lado de la Vía Láctea tras explorarla por completo, encontrarme con toda persona que naciera en la Vieja Tierra para ver cómo el sol finalmente se apaga y… antes solía preocuparme por encontrar una forma de escapar de este universo antes de que se quedara sin neguentropía, pero ahora tengo esperanzas tras descubrir que las “leyes” de la Física son más bien meras pautas.